La aldea global descrita por McLuhan, esa especie de estadio de interacción y cohesión planetaria de la conciencia humana (de “inteligencias en conexión” diría Derrick de Kerkhove), se nos antoja sólo como una simple ilusión de la cultura de la modernidad. O, cuanto menos, como una idea incompleta. La aldea global no ha sido hasta ahora tanto un espacio de interconexión de inteligencias como de promoción y realización del gran capital. Ha sido una aldea de sumisión consumista más que de desarrollo mental.
Ahora, el incremento de la educación y los medios de comunicación (con un papel destacado de la Internet no comercial) están alterando el panorama. Ambos elementos han hecho aumentar drásticamente la conciencia política universal dificultando enormemente la ocultación de las desigualdades y las injusticias. La creciente inseguridad mundial es el gran fruto de este estado de convulsión. La obsesión por los déficits cero el principal escudo protector del liberalismo universal: ¿quien puede permitirse no gastar más sino es el que ya lo tiene todo, el rico, el saciado? El periodo negro que augurara Immanuel Wallerstein ha comenzado.

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